Nepal, un sin fin de matices y gente adorable.

El calor de Nepal nos azotó en pleno mes de marzo, nada más aterrizar en el Aeropuerto Internacional de Tribhuvan de Kathmandú. Tras tres colas para realizar los trámites del visado y el pago de 50 dólares, conseguimos pasar el control de pasaportes y bajo la mirada atenta de Buda, solventamos el periplo aeroportuario de conseguir llegar a la sala de equipajes y por ende, la salida de la terminal.

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Una tarde por Mogarraz, el pueblo de las «Mil caras». Salamanca.

Un entramado de calles se abría a nuestro paso y podría parecer que estábamos en uno de esos pueblos de cuento anclado en el pasado o en la Bretaña francesa donde se suceden un compendio de fachadas rebosantes de personalidad. El sabor medieval rezumaba a través del empedrado de este curioso pueblo salmantino emplazado en pleno Parque Natural de Las Batuecas, en la Sierra de Francia, a poco más de una hora de la capital salmantina.

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Guguy, el barranco de las mil formas y estrellas (Primera parte)

La luz del alba, algo teñida por el polvo de la calima, iluminaba nuestros pasos y en mi mente solo existía el anhelo de esfumarme de un mundo inestable. Con ayuda de las señales del camino, volvíamos a transitar por un sendero conocido, un camino seco y pedregoso de ascensos y descensos, a lo largo de un mazizo de sublimidad infinita.

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Amanecer en Masai Mara a vista de pajaro. Kenia.

Nuestros rostros continuaban expectantes dentro de aquella barquilla de mimbres entrelazadas, mientras el piloto lanzaba chorros de fuego y con gran habilidad, aprovechando las corrientes de aire, consiguió que comenzaramos a flotar. Aún era de noche y seguíamos acurrucados, sujetando las mochilas con los tobillos sin ser conscientes de la sorpresa que el Masai Mara, nos estaba guardando.

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De carnaval en la Reina del Adriatico. Venecia.

Habían pasado casi veinte años, pero esta vez, máscaras y trajes majestuosos serían los protagonistas de un reencuentro añorado. El derroche de color, la vitalidad y una elegancia exquisita, nos regalaban escenas de intriga y romanticismo en una urbe de personalidad admirada, la reina del Adriático

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La Danza del Masai. Kenia.

Mientras esperabamos la danza tradicional del Masai, en medio de aquel parque mítico y protegido, al sudoeste de Kenia, un aluvión de orientales en masa disparaba sus cajas oscuras mientras yo, atrapada por el ritmo, intentaba hacerme un hueco e inmortalizar el salto del guerrero.

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El día de la Cima. Kilimanjaro

Quinta Etapa:  Kibo Hut (4.700msnm/15.420ft) – Gilman´s Point (5.681msnm/18.638ft) – Stella Point ((5.756msnm/18.885ft) – Uhuru Peak (5.895msnm/19.340ft) y descenso hasta Horombo Hut.(3.700msnm / 12.140ft).

Quinto día: Cima.

El ascenso comenzó a partir de la medía noche, escasamente iluminado por las luces de nuestros frontales.  Tomamos algo ligero antes de salir y aprovechamos para llenar nuestros termos con té bien caliente. Apenas nos separaban seis kilómetros desde el campamento Kibo Hut hasta la cima. La primera parte del desafío fue moderada pero el camino hacia lo más alto, no tuvo reparo en mostrarse duro se hizo caprichosamente largo y agotador, no solo por la falta de oxigeno, sino porque en algunos momentos, nuestros pies derrapaban hacia atrás y el frío que sentíamos en las manos era muy intenso. 

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Marangu: Horombo Hut – Kibo Hut. Kilimanjaro.

Cuarta Etapa:  Horombo Hut (3.700msnm/12.140ft) – Kibo Hut (4.700msnm/15.420ft).

Cuarto día:

Nos levantamos temprano, como casi todas las mañanas desde que comenzamos la ruta. Lucas nos trajo el balde de agua caliente para el aseo personal antes del desayuno. Es curioso como te vas acostumbrando y te vas dando cuenta, de cuan cierto es el dicho de que “la necesidad agudiza el ingenio” y que razón no le falta a Luis Galindo en una de sus frases:

«La zona de confort es muy cómoda, pero nada crece en ella«.

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